aroltxt

estos son los escritos serios de arol, el mismo que publica textos humorísticos en arolasecas.blogspot.com

Hoyuelos en la Luna

Afirman, quienes pretenden engañar al mundo, que cada uno de los huecos que vemos sobre la Luna cada vez que esta está luminosa y en todo su esplendor no son más que cráteres producidos por el impacto de grandes rocas voladoras. Lejos está esto de la realidad.

Estos hombres, cuya función es crear teorías engañosas con el ánimo de opacar las sonrisas, han trabajado a lo largo de los años haciendo creer a la humanidad cosas tales como que la Tierra gira de dos simples maneras; que las estrellas aparecen y desaparecen por luminosidad terrestre o, lo más insólito: que el viento es producido por un sistema denominado “presión atmosférica”.

Ocultos en sus catacumbas, y respirando eternamente gracias a la dosis diaria de un secreto elixir, organizan reuniones todas las noches pensando cómo calmar las mentes de aquellos que se atreven a pensar, esos mismos que ellos hacen creer que son ilusos que tienen “sueños despiertos”.

Estos oscuros personajes no están solos. Son apoyados por fieles representantes terrestres llamados “científicos”, “investigadores” y otros seres similares. Anualmente se reúnen en coloquios que no se dan a publicidad y en donde deciden qué nuevas teorías inventarán para abolir los pensamientos reales, esos mismos que ahora todos llaman “sueños”.

Pero su tarea no es tan simple. En la vereda contraria, dispuestos a dar batalla, hay una raza de señores de pensamiento pulcro que creen en hechos más románticos, más bellos y, comprobado está, más reales. Suelen llevar una sonrisa, aunque se permiten estar tristes a veces; se ocultan en los bosques por temor a ser atacados; se visten de blanco; se alimentan de pétalos y beben rocío cada mañana para refrescar el cuerpo.

Al igual que sus adversarios tienen sus representantes en la Tierra. Algunos de estos colaboradores terrenales son conocidos como escritores; poetas; artistas y, principalmente, animales. La espaciosa inteligencia de estos seres les ha permitido servirse de colaboradores secretos que circulan por las calles para sembrar pensamientos en parques y habitaciones.

Estos silenciosos seres han sido víctimas, en el último siglo, de un vuelco del mundo que se aferra en creer en teorías científicas y se niega a soñar. Han tenido que duplicar sus esfuerzos no sólo ya para imponer la verdad sobre el mundo, sino para conseguir más personas que contribuyan con una causa tan noble como es el triunfo de la verdad sobre las teorías científicas.

Nunca, como en los últimos doscientos o trescientos años la batalla entre ambas facciones había sido tan despareja. Y nunca, a los hombres pulcros de los bosques, les había resultado tan difícil explicar algo tan simple como que los huecos que se observan en la Luna no son cráteres producidos por rocas voladoras.

Ellos, al igual que muchos de nosotros, saben que esos huecos han sido cavados con esfuerzo y pasión por habitantes que saltan de estrella en estrella. Cada noche en que la Luna está llena los apasionados dejan cartelitos y recados para que cuando ella gire, pueda llegar a los confines del mundo y ser tomados por quienes esperan impaciente ese arribo. Pero, más intrépidos, se sabe de personas que se han atrevido a subirse a la majestuosa Diana y se acurrucan en esos agujeros para dar la vuelta al mundo y bajarse donde los esperan.

Dicen, los hombres pulcros de los bosques que si se observa detenidamente hacia los hoyuelos se puede ver a las personas sonrientes y arropadas en su propio cuerpo.

af

Giros

Si lo hago ahora tal vez, al menos tal vez, nadie lo note ¿Quién percibe la ausencia de una persona en un lugar tan lleno como este? Es imposible que alguien vea si dejo algo en mi partida. Si me quedo sospecharán. Si no estoy no hay a quien mirar. Tal vez alejándome rápido pueda simular el olvido. Tanta gente. Tan sola yo. Tanto que esconder. Siempre hay un lugar dónde huir. No quiero más. Me he cansado y este será el último paso. Todo se va a la mierda ahora mismo. Y ese perro baboso que no para de mirarme; esos perros siempre sospechan algo y el policía siempre confía en lo que sospecha su perro. No hice nada malo; o si lo hice fue porque creía que estaba bien y ahora sólo deseo que me permitan el arrepentimiento, no público pues no puedo, pero quiero ser nadie más que yo descolgada de conflictos y sin sudores cada vez que un perro baboso con un policía que sospecha de un perro baboso me mire. No puedo correr, pero si pudiera lo haría con ganas y desaparecería de la vista de esta gente; me iría a la casa en la playa y no haría más que tomar café por las mañanas y ver a mi pareja despertarse. A la mierda con todo, ese perro algo trama; ese perro tiene una baba sospechosa y el policía una cara de hijo de puta algo sospecha.

Al menos la maleta ha quedado allí. Las huellas se van en mi guante y luego de este baño seré otra. Me cansé de esas maletas. Me cansé de los perros babosos con policías con cara de hijos de puta. Juro que no quise esto, juro por mi soledad en el mar que no quería llegar hasta aquí; pero esa maleta ya no me pertenece; nunca fue mía y nunca la quise. Estoy segura que alguien entre esta gente, esa misma que me movilizó, sabrá aprovechar lo que hay allí. Si tan sólo pudiera elegir en qué manos acabe la maleta y no la encuentre un perro baboso con un policía con cara de hijo de puta que, tal vez, también es corrupto. Pero no puedo. No quiero. Ya no tendré paz. Sólo quiero mi casa en el mar, mis mañanas con mi pareja, mi ventana azul y mi café en el balcón.

Los nervios y el sudor delatan. El grifo que no se mueve y yo con guante. Yo sospecharía si veo a una mujer sudorosa intentando abrir el grifo en el baño de una estación de autobuses sin quitarse los guantes. Cualquiera sospecharía de mí. Sin guantes es mejor, pero necesito otro grifo y esta mujer que no libera ese espacio y comienza a mirarme de manera extraña. Ahora sólo falta que la mujer comience a babear porque, seguramente, que en su casa tiene un esposo que parece policía con cara de hijo de puta. Los guantes al bolsillo y las manos al agua, hay que calmar el sudor.

Sirenas. Muchas sirenas, yo con los guantes en el bolsillo, la cara mojada y el sudor inagotable. Sirenas. Ya me parecía que todo iba muy bien. No hay tiempo ni para tinturas y cualquier perro baboso sospecharía al verme con peluca. Sirenas. Ahora sólo falta… faltaba un disparo y los gritos; siempre los gritos y las sirenas. No quiero más. No quiero más. Mierda, tanto lavarse la cara una para estar llorando ahora. Sólo quiero mi casa en la playa con las ventanas azules, el café de la mañana y mi pareja viéndome despertar lejos de los perros babosos con policías con cara de hijos de puta.

Lo sospechaba. Tanta gente amontonada y un perro baboso con un policía con cara de hijo de puta no eran suficientes para contener esto. Pero yo no quería. No deseaba esto. Ahora ya es tarde. Ahora quiero subirme a cualquier autobús y dejar de ver a ese pobre hombre acorralado por un perro baboso y un policía con cara de hijo de puta. No quiero más. Billetes en el suelo, gente pobre desesperada, policías, disparos al aire y una maleta sin dueño.

af

La bolita de lana

No es tarea sencilla ser un niño y tener que pasar la siesta con una abuela que es casi 70 años más vieja que tú. Tenía yo, creo, cinco o seis años, aquel día en que mi abuela se quedó dormida en su mecedora mientras tejía. No supe, y no me interesó, si era un suéter o una bufanda lo que preparaba,  allí junto a aquella señora dormida estaba el fin de mi aburrimiento.

En la puerta me quité los zapatos para no hacer ruido y me acerqué de puntillas hasta ella; tomé el tejido porque me gustaba aquella pelotita de lana que siempre parecía sobrar. Corté la lana, con mucho cuidado dejé su tejido acomodado en sus piernas mientras ella dormía y me fui con la bolita conquistada por mi ingenio y una tijera amiga.

Nos fuimos a pasear al patio para, allí, jugar al pescador. Arrojaba la bolita de lana lo más lejos posible sin soltar el extremo por donde había sido cortada; la bolita caía lejos y yo, sin soltar el extremo, iba corriendo a buscarla para lanzarla en la dirección contraria. Así estuve hasta que la bolita de lana se desarmó por completo. Mis ojos vieron en el patio un cruce de líneas que sólo a mi me gustó. Fue en ese instante que temí que mi abuela lo descubriera.

No tenía más bolita, la lana era un ir y venir de líneas en el suelo y la siesta estaba a punto de terminar. No parecía tarea difícil así que intenté rearmar la bolita con resultado exitoso para mí, pero no así para aquella mujer que me obligó a estar tres días desenredando esa madeja con la que un día pesqué historias en su patio.

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Patxi López secuestró un loro

No recuerdo mis sueños. Me resulta difícil recordar mis sueños y sólo puedo recordar la actualidad de las noticias de la radio que queda encendida noche tras noche. Anoche soñé con una señora que buscaba el DNI de su loro; el DNI de Arturo estaba en manos de Patxi López quien salió corriendo cuando fue descubierto, pero no conforme con la documentación, se hizo también con el plumífero verde y ahora pide recompensa. Patxi López es secuestrador de loros, según mis sueños. Debo apagar la radio cuando duermo.

Hoy he visto llorar a una carta

Los descubridores

Hace seis o siete años descubrí el mundo. Lo que es casi una obviedad para muchas personas, para mi había llegado recién, como un golpe de puño, seis o siete años atrás. Fueron tres niños curiosos quienes lograron despertarme y machacar mi cabeza con esa idea de que la belleza se dibuja con los ojos y no con el cuerpo; que los atractivos se diseñan con el entorno ausente; y que el descubrimiento es una de las sensaciones más bellas del planeta pues en ella se oculta la sorpresa.

A casi cinco mil metros de altura, en un bus destartalado y serpenteando montañas ventosas y heladas, los ojos se desesperaban por abarcar todo, por grabar cada centímetro del paisaje.

Subía yo con aquel bus por montañas que había que atravesar obligatoriamente para llegar a Chile. Los picos con incrustaciones de hielo y el río Toro eran un imán. Pero mi contemplación se detuvo cuando tres de los pasajeros, ninguno de ellos mayores de diez años, hacía caso omiso al paisaje y se entretenían con una cuerda y un juguete al que le sacaban partido hasta llegar a risas estridentes.

Los niños se habían cansado de jugar y comenzaban a dormirse una hora después de haber iniciado el tránsito por aquellas montañas, justo cuando mis ojos se ocultaron de la sorpresa. Afuera una ciudad se diseñaba y nada nuevo podía entregarme. Ya, muy pronto a quedarme dormido, la voz de uno de los pequeños me despertó:

- Mira, una casa de colores –dijo.

- Mira, mira, mira, un árbol, y otro más. Hay muchos árboles – decía fascinado uno de ellos.

- Un coche – dijo el otro estirando el sonido de la “o” para demostrar su sorpresa.

“Casas sobre otras casas”, vehículos coloridos, frutas y carteles eran sinónimo de bellos descubrimientos para aquellos pequeños que habían crecido sin salir de su pueblo rodeado de montañas a casi cinco mil metros de altura.

El ánimo tropezándose con las nubes

Tengo un sueño en un bolsillo y esperanzas en la mochila; las zapatillas amarradas y la carretera en la mirada. Allá voy dando vueltas, repartiendo mis ilusiones a vecinos de mi paso que nada hacen, mas firmes reposan sus frustraciones en mi desafío. Allí voy con el ánimo tropezándose con las nubes. Tengo un sueño en un bolsillo y esperanzas en la mochila.

Caminando por Bolivia

Carretera

Hace muchos años, cuando comenzaba a caminar por Sudamérica, entraba en Bolivia (tal vez lo más parecido a mi sueño a caminar por África) el calor arreciaba, la carretera era un espejo del sol y 40 o 45ºC eran el regalo perfecto para bañarme en sudor, pero tenaz a mis intenciones no detuve la marcha.

Habría completado unos 15 o 20 kilómetros entre selvas secas y espesas del Chaco Boliviano, donde además del calor me ahogaba el temor por lo peligrosa de la zona, mi mochila estaba cargada de sueños nuevos y cualquier extraño que apareciera por allí podría ser una señal de peligro; cuando comencé a ver sobre el costado de la carretera a un grupo de personas, sentadas bajo un improvisado techo de paja sostenido por unos escuálidos y desvencijados palos donde reposaban sandías para que la compre algún generoso automovilista.

Cuando me acerqué me dí cuenta que, como el 90% de la población eran aborígenes y como el 60% no hablaban español. Tres mujeres, un hombre que hasta ese momento tenía cara de peligroso y algunos niños que escudriñaban en aquel extraño que llegó caminando de la nada bajo el sol quiebrapiel.

Los miré desconfiado esperando que me pidan algo o que incluso me quieran sacar algo. “En una zona peligrosa como esta si no me roban tendré suerte”, pensaba. Ellos me miraban con una desconfianza similar.

Después de tratar de entendernos, les expliqué que era un peregrino extraño cuya misión era recorrer Sudamérica en búsqueda de personas a quienes ayudar sin pedir nada a cambio. Les pedí agua, llené mis botellas y partí.

Mientras salía de allí caminaba más rápido y seguía pensando: “en una zona peligrosa como esta si no me roban tendré suerte” y apuraba aun más el paso. La carretera subía una pequeña colina y cuando comenzaba a bajar escuché unos gritos. No entendía lo que decían y no veía nada pues en aquel entonces no llevaba gafas, como ahora.

“Ahora sí me van a robar”, pensé cuando conseguí divisar a dos personas que me perseguían rápido. Uno de ellos montaba en una bicicleta y el otro corría por la carretera. Miré a mi alrededor y me dí cuenta que lo único que me quedaba era enfrentar el problema, no había dónde huir. Como pude tomé un pequeño cuchillo que llevaba a un costado de la mochila y me preparé para la batalla con aquellos dos maleantes que iban a hacer honor a la peligrosidad del lugar.

Mi vista comenzaba a divisar mejor, los dos maleantes se habían convertido en dos criaturas que no superaban los 10 años. Acarreaban una sonrisa tan grande como su cansancio y uno de ellos llevaba una sandía en su mano, se acercó a mi y diciéndome algo que no comprendí me la regaló.

Sonrieron, nuevamente, levantaron la mano y se marcharon a reunirse con su familia.

El hambre y la sed en mi era de tal tamaño que corrí hasta bajo unos árboles y conseguí comer casi toda la sandía en pocos minutos.

El cuchillo que antes pretendía una batalla se había convertido en aliado frente al hambre y la desconfianza ante el desconocido no había sido otra cosa más que la ceguera que nos produce no usar gafas para ver lo que no vemos.

Mr. Stevenson

- ¿Y usted de dónde viene?

- De Boquan, he salido a caminar esta mañana

- Usted no es de Boquan, yo conozco a todas las personas de Boquan y de Kippen y usted no es de por aquí.

- Me ha preguntado de dónde venía, no de dónde era

- Su acento… usted es español o latino

- Soy universal, mi buen hombre, no tengo patria ni destino

- Pero en algún lugar, imagino, ha comenzado su viaje pues, por lo que observo, es un viajero… un eterno viajero

- Ushuaia, amigo, la ciudad más cercana al polo sur me ha visto partir y nunca más me ha visto retornar.

Mr Stevenson lleva una barba tupida y enredada, la frente arrugada y de un amarillo rojizo, su mirada de abuelo tierno es tranquilizante pese a su voz espesa.

Avanzada la conversación descubrí que mi intrépido riesgo de salir al mundo, sin destino alguno, representaba los deseos que Mr. Stevenson tuvo desde muy pequeño pero que nunca, por temor o por costumbre, se atrevió a cumplirlos. A la vez lo había visto como alguien a quien, cuando viejo, me gustaría imitar: viviendo en un campo apacible sin necesidades y rodeado de un pueblo medieval donde lo más emocionante es la visita de un desconocido o la aparición del sol.

Kippen Village no es más que una de las tantas poblaciones de Escocia que han quedado en el tiempo y que se convierten en un punto anacrónico en el mapa, un punto que consigue entrelazarnos entre el siglo XII y el XXI. Los vehículos se depositan frente a iglesias medievales y los niños juegan con sus teléfonos móviles en calles de piedras incrustadas en la piel del planeta.

Al caer la tarde descubro que Mr. Stevenson tiene unos amigos que vendrán a visitarlo en la noche sólo como una excusa para ver al extraño que se alojará allí e indagar si se trata de una buena persona.

Ansioso ha decidido invitar uno de sus mejores cerdos y mis años de campo en Brasil me recuerdan muy bien cómo convertir aquella cosa caminante en un plato que exige repetición.

Debo reconocer que el sacrificio animal me ha dejado una pena que sólo pudo ser calmada por el placer exquisito que representa ese manjar en la boca amenizado al final de la mesa con un whisky casero.

Durmiendo, nuevamente, en la casa de un extraño que corre el riesgo de hospedarme sin conocerme, vuelve a llenar mis bolsillos de alegría y esperanza. Vuelvo a cargar mi mochila de sueños tras pensar que el viaje recién comienza aun cuando nada extraordinario haya en estos relatos, son el diario aburrido de un viajero que no hace más que caminar porque en ese andar los pulmones toman aire para dar un paso más.

Sol

Anoche salió el sol y me he quedado dormido sin verlo.