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estos son los escritos serios de arol, el mismo que publica textos humorísticos en arolasecas.blogspot.com

El Piano

Tengo una hoja en blanco que pugna con mi mente en su deseo infructuoso de llenarse mientras el piano suena melancólico en el otro cuarto. Las paredes hechas ventanas me arrojan a la playa que se apresura, una vez más, en decirme que he sido hecho para escribir y que para ello debo trabajar evitando los saltos repentinos y preocupantes que pueden entregarme los días.

Allí abajo, después de la pared hecha ventana, la arena está oscura siendo casi migajas de las piedras que intentan, con pasión y sin éxito, detener el paso del mar que arrastra la mugre que los desconsiderados han abandonado a su suerte para teñir mi vista con impasible espectáculo.

El piano sigue sonando. No le dije ayer que verla tocar en la playa era romántico. Verla tras la ventana. Verla. Oírla, no. Dos horas frente a esta hoja en blanco con un piano que suena incesante mientras miro la arena gris mezclada con la mugre es una acostumbrada mañana de domingo.

“Te apoyo. Tenemos que ir. Es lo que siempre soñamos”. No pude, o no supe, huir frente a sus palabras. Cuarenta años redactando estúpidas gacetillas para detenerme un lunes y pensar que antes de morir debía enterarme que la vida era otra cosa. Cuarenta años después de comenzar a vivir como citadino; trabajador; esforzado y mediocre me percibí que el éxito era renunciar por estar asqueado del mundo; asqueado de la ciudad; cansado de respirar smog y cigarrillos de viejas perfumadas hasta los tuétanos.

“Te apoyo. Tenemos que ir”. Jamás la invité. ¿Quién le ha dicho que yo quería oír incesante el piano mientras observo la pared convertida en ventana?

Cuarenta años para darme cuenta que no he vivido como quise. Cuarenta años que son sesenta y el piano que machaca mi cabeza. No toca mal y no compone peor, pero era un gusto hace cuarenta años; hace treinta, tal vez.

La hoja donde debía escribir se mantiene inmaculada e inmutable; la playa sigue gris; fría; opaca. En invierno no vienen turistas y las casas de madera solo se llenan los fines de semana. En este escritorio los lunes se han hecho domingos y los jueves ya no existen. Cuarenta años después parte de mis sueños existen en esta casa de ventanas inmensas, pero el piano sigue sonando.

Desearía tenerla aquí para pedirle que deje de tocar. Le pediría que baje a la playa porque se ve todo tan melancólicamente romántico desde acá arriba. Hubiera pedido que guarde silencio. Pero sigue sonando, sigo escuchando ese piano incesante.